Se acaba el domingo y se acerca el sueño sin haber logrado (ni haberlo intentado siquiera) sacarle al día provecho alguno, más que haber leído entre ayer y hoy la mitad de "El tiempo entre costuras" de María Dueñas. Tan picada andaba con la lectura que pasé por alto mi cotidiana siesta, obvié el hambre hasta que me sonaron las tripas y el dolor de cabeza. Sólo de cuando en cuando mi cuerpo exigía su lugar en mi tiempo, exigiendo beber, comer o evacuar. Pasé el domingo leyendo una novela por la que he pagado tres veces y cuya serie televisada habré visto ya casi diez veces, incluso pagando la cuota en Atresplayer hasta que, descaradamente, sin piedad, sin aviso previo, fueron suprimiendo uno a uno los capítulos y no pude verla más.
La adquirí de nuevo, esta vez gratuitamente, para estrenar el e-book que me regaló mi hermano y ahí me tienes, haciéndome a esta nueva forma de leer libros, imaginando el sonido al pasar las páginas y echando de menos oler de cuando en cuando el libro. Y es que a mí los libros me gusta leerlos, pero también acariciarlos, olerlos y escucharlos. Reconozco que no me costará mucho acostumbrarme a este maldito cacharro, del mismo modo que me acostumbré a usar el microondas por más que disfrute esperando ver subir la leche y me encante el sonido de sus burbujas rozando el metal y contemplar divertida la huida hacia arriba del líquido blanco.
A pesar de conocer el argumento de sobra, yo que pensaba que también la había leído, resulta que no... o no la leí, o ya la olvidé, como había olvidado la sensación de picarse con un libro hasta el punto de lavarme los dientes con él en la mano (aunque no sea un libro de verdad). Hacía años que un libro no me arrancaba de casi todo de esta manera, como cuando El origen perdido, de Matilde Asensi, me retuvo en un bar en el que empecé tomando una caña y acabé tomando café; o cuando "Olvidado rey Gudú" de Ana María Matute fue el culpable de que se me pasaran nada más y nada menos que cinco paradas de metro.
Y ahora no quiero irme a dormir; quiero seguir leyendo y asomarme de vez en cuando al balcón para mirar al cielo, como todos los años, esperando ver una estrella fugaz que me conceda deseos. También quiero chocolate... y galletas... pero no tengo galletas... pero tengo chocolate... y tengo sed
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tampoco queda agua; no queda leche. Queda una lata de refresco llamado "Tranquini", que creo que me costó 20 céntimos en la tienda de oportunidades. Tranquini... lleva un mes en la nevera y hasta ahora no había reparado en su nombre. Compré dos latas, lo probé y no me gustó. Pero ahora me está encantando. Me pilla con sed atrasada y ganas de comer algo dulce. Y es que si cenas a las siete a las doce te entra un hambre de mil demonios.
Y ahora es cuando reparo en lo que me estoy bebiendo. Una bebida en la que sobre la marca reza "relax, be positive, good happens" y debajo de ella "positively relaxed". Los ingredientes escritos en letra diminuta de color rojo sobre fondo naranja no se dejan ver, así engurruña una los ojos como si le estuviera dando en ellos el feroz reflejo del sol sobre un espejo... que no, que no puedo verlos. Pero, eso sí, pone en letras legibles que tiene ingredientes naturales, cero colorantes artificiales, conservar frío y azúcares reducidos. Pues bueno. Lo que no mata engorda.
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Yo no sé si lo que la bebida promete es cierto o no, pero ahora mismo estoy divinamente, aquí, viendo "El ministerio del tiempo" con mi cigarrillo, mi refresco, mi domingo improductivo, no tener frío, no tener calor, ni molestia, ni dolor... esto es el paraíso en la tierra.
Ahora no sé si iré a dormir, a ver estrellas o a seguir leyendo... posiblemente pase de una actividad a otra, tal vez me de por ponerme a trabajar, limpiar o planchar... no lo sé. No me importa. Pero, como dicen en mi tierra "cuando el culo duele de estar sentao, es hora de levantarse" (no lo dicen, me lo acabo de inventar, pero lo mismo lo patento)
A las buenas noches
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