sábado, 12 de mayo de 2018

Todas las noches son perfectas


Me apeteció salir a pasear de noche. Aunque no era muy tarde, ya me crucé con cinco borrachos en menos de dos manzanas. Todo está tranquilo. Por el camino, mi hijo y yo charlábamos sobre el burundanga y sus efectos, cómo se ha convertido en el terror de Colombia y las formas en que se usa. Mi hijo tiene 11 años...  de vez en cuando me paro a pensarlo y se me ponen los pelos como escarpias. No recuerdo de qué hablaba con mi madre cuando tenía esa edad, pero estoy convencida de que no sentía tanta inquietud por los temas de actualidad.
Todas las noches, cuando mi hijo al fin se calma y se duerme, me gusta fumar un pitillo a la luz de la pantalla, abrir la ventana, beberme un colacao y dejar divagar a esta mente hasta que se me empiezan a cerrar los ojitos: el momento perfecto para lavarse los dientes e irse a dormir. Hace mucho descubrí que escribir es la única forma de desacelerar la máquina de mi cerebro. Escribir me ayuda a pensar más despacio, a llamar al sueño, a zafarme de la angustia de mis días pasados y la de los días que están por venir.
A mí dormir me encanta. Me gusta tanto que prefiero repartir ese placer en 2-3 veces a lo largo de las escasas 24 horas que dura un día. Cuando me lo puedo permitir duermo cinco horas de noche, una  por la mañana y dos por la tarde. Si como cuando tengo hambre, duermo cuando tengo sueño  y trabajo cuando tengo ganas, he encontrado el Paraíso en la Tierra; pero claro, para que eso suceda hace falta trabajar muy poco o que tu trabajo realmente te encante.
Una vez dije que si me tocaba una de estas loterías que te hacen rica a ti y a tus futuras generaciones yo seguiría viviendo lo mismo, pero sin apuros. Que yo no dejaría de trabajar por nada del mundo, aunque no me hiciera falta. No me creyeron... a veces me pasa; de hecho me pasa a menudo eso de que no me crean a pesar de que mentir no es una de mis costumbres. He perdido mucho tiempo de mi vida justificándome, tratando de defender "mi inocencia". Ya no me esfuerzo tanto en demostrarlo. A fin de cuentas, en el país que me ha tocado vivir, los ricos se hacen de oro. Y yo soy pobre de necesidad. Así que... a mí plin. A lo que iba. No me creían cuando decía que trabajaría toda mi vida. Y aunque sigo manteniendo esa filosofía, ahora entiendo que no me creyeran. Cada vez más se concibe el trabajo como una necesidad. Algo que hacemos para obtener unos beneficios... y cada vez más algo que hacemos para no padecer penurias.
Me siento afortunada porque mi trabajo me encanta. Pero a veces también me irrita saber que aceptaría algo odioso con tal de garantizar el pago mensual de lo más básico. Por suerte para mí, lo básico no significa mucho: para muchas personas son básicas unas vacaciones en el extranjero o una crema cara para la cara (fijate una que robó cremas y ha tenido que dimitir... total, no es tan malo teniendo en cuenta que va a seguir cobrando un sueldazo en un puestazo; desde luego da gusto robar así)...
Esta noche me está resultando especialmente hermosa. No he visto ni luna ni estrellas; me voy a dormir con la agenda de mañana repleta de tareas urgentes e importantes. Pero es bonita. Supongo que a cierta hora, cuando una siente el peso del sueño sobre los hombros y se resigna al "mañana será otro día", ser consciente de que a una le esperan unas cuantas horas de inconsciencia e ignorancia absoluta, con la boca entreabierta babeando la almohada y ya no importa nada, absolutamente nada. No hay preocupación ni deseo lo bastante importante como para no poder esperar un poco más... me acabo de acordar que tengo un cupón de la ONCE de ayer y a lo mejor soy rica y no me he enterado. Pero lo apunto en la agenda "once"... ya si eso lo miro mañana.
Ahora es el momento perfecto para levantarse e ir a dormir...un poco más tarde sentiría pereza de lavarme los dientes... unos minutos más me dormirían en la silla. Y esto pasa casi todas las noches. Y cuando pasa todas las noches son perfectas.